Comentario de Texto Mito del Carro Alado de Platón

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Texto 1: PLATÓN. República, Libro IV, 427e – 4353

«(…) — Bien. Ya vimos, según parece, tres cualidades de la ciudad, y en cuanto a la especie que resta para que la ciudad alcance la excelencia ¿Cuál podría ser? Es evidente que la justicia. (…) Pues lo que establecimos desde el principio que debía hacerse en toda circunstancia, cuando fundamos la ciudad, según mi opinión, es la justicia o una especie de esta. Pues establecimos, si recuerdas, y muchas veces ya lo repetimos, que cada uno debía de ocuparse de una sola cosa de entre las que conciernen a la ciudad, precisamente de aquella en la que estuviese mejor preparado por naturaleza.

-En efecto, lo dijimos. -Y que la justicia consiste en hacer lo que es propio de uno, sin meterse en las cosas ajenas, es algo que ya hemos oído a otros muchos y que hemos dicho repetidamente. -En efecto, lo afirmamos frecuentemente. -En este caso, amigo mío, la justicia parece que consiste en hacer cada uno lo suyo del modo adecuado ¿Sabes de dónde lo deduzco? -No, pero dímelo tú. -A mi parecer, lo que resta por ver en la ciudad, tras haber examinado la moderación, la valentía y la sabiduría, es lo que da a todas aquellas cualidades la capacidad de nacer y, una vez nacidas, les permite conservarse, mientras permanezca en ellas. Y ya hemos dicho que, si encontrábamos aquellas tres, la justicia sería la que restase.

-Por fuerza es así. -No obstante, si fuese preciso discernir cuál de estas cualidades hará a nuestra ciudad mejor, resultaría difícil discriminar si consiste en una coincidencia de opinión entre los gobernantes y los gobernados (moderación), o si es la que trae aparejada entre los militares la conservación de una opinión pautada acerca de lo que deber ser temible o no (valentía), o a la existencia de una inteligencia vigilante en los gobernantes (sabiduría); o eso que hace mejor a la ciudad consiste, tanto en el niño como en la mujer, en el esclavo como el hombre libre, y en el artesano, en el gobernante y en el gobernado, en que cada uno se ocupe de lo suyo, sin atender a lo ajeno.

-Desde luego, sería difícil ¿Cómo no? -Entonces, según parece, en relación a la excelencia de la ciudad, la capacidad de hacer cada uno lo suyo en ella puede rivalizar con su sabiduría, con su moderación y su valentía (…) -Tampoco un hombre justo diferirá en nada de la ciudad justa en cuanto a la idea de justicia misma, sino que será semejante. -Semejante, en efecto. -Por otro lado, una ciudad nos pareció justa cuando los tres tipos de naturalezas que existen en ella hacen cada una lo suyo; y nos ha parecido moderada, valiente y sabia a causa de algunas otras afecciones y hábitos de eses mismos tipos de naturalezas. -Es verdad. -Por consiguiente, querido amigo, estimaremos que quien tenga ese mismos tipos en su alma, a causa de las mismas afecciones que aquellos, es bien merecedor de recibir los mismos apelativos que la ciudad.

Texto 2: PLATÓN. Fedro, 246a – 247c 511e. Mito del Carro Alado

“- Sobre la inmortalidad, baste ya con lo dicho. Pero sobre su idea hay que añadir lo siguiente: Cómo es el alma, requeriría toda una larga y divina explicación; pero decir a qué se parece, es ya asunto humano y, por supuesto, más breve. Podríamos entonces decir que se parece a una fuerza que, como si hubieran nacido juntos, lleva a una yunta alada y su auriga. Pues bien, los caballos y los aurigas de los dioses son todos ellos buenos, y buena su casta, la de los otros es mezclada. Por lo que a nosotros se refiere, hay, en primer lugar, un conductor que guía un tronco de caballos y, después, estos caballos de los cuales uno es bueno y hermoso, y está hecho de esos mismos elementos, y el otro de todo lo contrario, como también su origen.

Necesariamente, pues, nos resultará difícil y duro su manejo. Y ahora, precisamente, hay que intentar decir de dónde le viene al viviente la denominación de mortal e inmortal. Todo lo que es alma tiene a su cargo lo inanimado, y recorre el cielo entero, tomando unas veces una forma y otras otra. Si es perfecta y alada, surca las alturas, y gobierna todo el Cosmos. Pero la que ha perdido sus alas va a la deriva, hasta que se agarra a algo sólido, donde se asienta y se hace con cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo en virtud de la fuerza de aquélla. Este compuesto, cristalización de alma y cuerpo, se llama ser vivo, y recibe el sobrenombre de mortal.

El nombre de inmortal no puede razonarse con palabra alguna; pero no habiéndolo visto ni intuido satisfactoriamente, nos figuramos a la divinidad, como un viviente inmortal, que tiene alma, que tiene cuerpo, unidos ambos, de forma natural, por toda la eternidad. Pero, en fin, que sea como plazca a la divinidad, y que sean estas nuestras palabras. Consideremos la causa de la pérdida de las alas, y por la que se le desprenden al alma. Es algo así como lo que sigue. El poder natural del ala es levantar lo pesado, llevándolo hacia arriba, hacia donde mora el linaje de los dioses.

En cierta manera, de todo lo que tiene que ver con el cuerpo, es lo que más unido se encuentra a lo divino. Y lo divino es bello, sabio, bueno y otras cosas por el estilo. De esto se alimenta y con esto crece, sobre todo, el plumaje del alma; pero con lo torpe y lo malo y todo lo que le es contrario, se consume y acaba. Por cierto, que Zeus, el poderoso señor de los cielos, conduciendo su alado carro, marcha en cabeza, ordenándolo todo y de todo ocupándose.

Le sigue un tropel de dioses y demonios ordenados en once filas. Pues Hestia se queda en la morada de los dioses, sola, mientras todos los otros, que han sido colocados en número de doce, como dioses jefes, van al frente de los órdenes a cada uno asignados. Son muchas, por cierto, las miríficas visiones que ofrece la intimidad de las sendas celestes, caminadas por el linaje de los felices dioses, haciendo cada uno lo que tienen que hacer, y seguidos por los que, en cualquier caso, quieran y puedan. Está lejos la envidia de los coros divinos.

Y, sin embargo, cuando van a festejarse a sus banquetes marchan hacia las empinadas cumbres, por lo más alto del arco que sostiene el cielo, donde precisamente los carros de los dioses, con el suave balanceo de sus firmes riendas, avanzan fácilmente, pero a los otros les cuesta trabajo. Porque el caballo entreverado de maldad gravita y tira hacia la tierra, forzando al auriga que no lo haya domesticado con esmero. Allí se encuentra el alma con su dura y fatigosa prueba. Pues las que se llaman inmortales, cuando han alcanzado la cima, saliéndose fuera, se alzan sobre la espalda del cielo, y al alzarse se las lleva el movimiento circular en su órbita, y contemplan lo que está al otro lado del cielo.